miércoles, 28 de enero de 2009

De cócteles y botánica



No pensaba actualizar hoy, estoy redactando un estudio para mi trabajo y tengo que emplear mis reducidas dotes literarias para dicho fin... Pero es que hoy me ha ocurrido algo que merece un cambio de planes.

Hoy he ido con Luisín el de la Encarni a comer a un restaurante japonés que se encuentra cerca de mi oficina. Somos fanáticos de la comida japonesa, y pese a que el menú en ese restaurante sea caro, merece la pena.

El caso es que estabamos comiendo en nuestra pequeña mesa de dos cuando de pronto y sin previo aviso los camareros ocupan la mesa de al lado (también de dos) con una parejita bastante pintoresca. Él era una especie de parodia barata del personaje de Javier Cámara en Lex (de hecho era también calvito y con gafas) y ella era una chica portorriqueña.
No sé exactamente las circunstancias de aquel extraño emparejamiento (al fin y al cabo sólo les conozco de haber comido a su lado), pero a primera vista parecía que iban a trabajar juntos, o que él la estaba sacando por Madrid por compromiso. O que simplemente (y con más probabilidad) se la quería follar y punto.

Una de las mayores desgracias del ser humano, como muy sabiamente dice Felipe en un chiste de Mafalda, es que, al llevar siempre puestas las orejas, te expones a oír cosas sin que quieras hacerlo. Y éste fue nuestro drama hoy.
El tío que teníamos al lado, esa desgracia de ser humano, en un intento por lo demás ridículo de querer chuscarse a la portorriqueña, intentaba hacerse el interesante. Pero no intentaba hacerse el interesante de una forma... digamos no ridícula, tal vez dando a entender que era una persona leída o viajada (en el buen sentido), sino soltando perlitas como ésta: "Me encanta New York. La echo tanto de menos... Es una ciudad taaaaaan divertida..." o ésta: "Adoro San Francisco. Cuando estuve viviendo en Berkeley fui a un coctail-bar fantástico en el que me tomé un gin-tonic con pétalos de rosa... genial".

Lo verdaderamente triste de todo esto es que el pollo probablemente pensaba que estaba quedando como el puto amo (lo supongo porque cada vez hablaba en un tono de voz más alto), cuando lo más probable es que todo el mundo que tenía la desgracia de poder oírle, incluida la portorriqueña, pensaba que el pobrecillo era un absoluto y total gilipollas.

Hubo un momento en el que se acercó alguien a saludarle y se puso en pie, momento que aproveché para mirarle la cara. Sinceramente, con esa cara de tolai, por mucho que te esfuerces no puedes ir de guay por la vida. ¡Es que no puedes!
Cualquier cosa que digas, aunque sea la solución al conflicto de Oriente Medio o la fórmula de la vacuna contra el cáncer, va a quedar eclipsada por la sensación de que eres un imbécil total que transmite tu cara.

Llegó un punto en el que el nivel de gilipolleces que decía el pavo era tan sumamente alto que no pudimos menos que hablar de las ganas de matar y sacrificar gente que nos produce coincidir en algún sitio con gente como él. Incluso llegamos a decir cosas como "por favor, si alguna vez me vuelvo así... ¡¡SACRIFÍCAME A ODÍN!!".

Pero él no se daba por enterado.
Su necedad gafapástico-pijiwanka le había poseído.

Pamplinus de Hinoppia se ha reencarnado, hijos míos. Y ha vuelto cargadito de regalos.

3 comentarios:

Leo dijo...

Jajajajaaa! No seas tan malaaaaa!

Hay mucho tipejo y tipeja así, es verdad, y dan mucha pena. Tanta palabrería vacía, llena de convencionalismos y prototipos....

Pero es que hay gente cuya vida nunca será nada, porque les falta ese algo que hace que uno quiera experimentar, y dejarse de tonterías, no?

A veces me alegro taaaanto de no ser así....

Juanen dijo...

Como dijo ese gran filósofo: "cuanto gilipollas y qué pocas balas".
Pero ea, como disparar a esa gente sería crimen (aunque lo merezcan)me conformo con que de alguna forma les condenes públicamente y de la forma más enérgica posible.

La Jiza dijo...

ya!!
Leo, es lo que nosotros llamamos "gente de tipo 2"... ya te explicare un dia con mas detalle lo que es ;)